Me devora la impaciencia…

“ya?”… he de confesar que uno de mis mayores defectos es la impaciencia. Y es que eso de esperar a que pase algo me ‘desespera’… simplemente no es lo mío.

 

Y cosas simples como estar formada en la fila del banco, en el súper, esperar a que pasen por los niños en la guardia de la salida, quedarme de ver con alguien y que no llegue… simplemente me hace entrar en crisis total!!!

 

Y si esas cosas me ponen en crisis, las cosas como el tráfico o las salas de espera en hospitales realmente me abruman.

 

A veces no tolero ni 5 minutos de retraso… sé que hay situaciones extremas, y que a veces por causas ajenas a nosotros uno no puede estar a tiempo, pero en verdad soy puntual y pido puntualidad para las cosas.

 

Y esto de la impaciencia es algo que a la fecha jamás he podido controlar.

 

Resulta que me di cuenta de que no solamente soy impaciente en estas situaciones que la verdad, todo mundo atraviesa, sino que también soy impaciente hasta para cuando alguien me dice “luego te cuento…”… es cuando me sale mi sexto sentido y dice ¿luego????… mejor ahorita… o al rato paso por ti!… pero la verdad es que ni para los chismes puedo tolerar el tiempo!

 

Cuando estaba en la secu, me desesperaba que los niños se tardaran en decidir si habría algo entre tu y ellos… y confieso que fui de las “aprovechadoras de menores” por no decirme “asaltacunas”…. Sí, del tipo de las que “se arma o no” decide ya, sino para buscar a otro!… y es que en mi cerebrito siempre estaba la idea de: “bueno, si le gusto y me gusta… ¿porque perdemos el tiempo?” y cuando ya pasaba una o dos semanas y no había nada…pues cambiaba y entraba a la idea de “mejor no pierdo yo mi tiempo” y emigraba!

 

Laurita siempre me decía cosas como que les diera chance, que todo lo quería rápido, que cuál es la prisa, que si se iba a dar “el tiempo lo decidía”, etc., etc. Y es que yo verdaderamente soy victima de la impaciencia. Simplemente no tolero el desperdicio del tiempo.

 

Mi mamá sufrió de cáncer hace un par de años, y aprendí muchas cosas sobre todo el proceso que atravesó mi familia, pero quizá lo más importante es el hecho de que los minutos que pasábamos juntos eran valiosísimos, que cualquier momento perdido simplemente: no se recupera.

 

Tal vez por eso mi cerebro procesa cada minuto como una oportunidad de vida, y no como un momento de expectación. Y si bien uno no sabe lo que pase más tarde, si puede tener control sobre lo que sigue para uno en el futuro.

 

Contradictoriamente, estaba pensando que me preocupa tanto vivir el presente como algo que es invaluable e irrecuperable, que cuando tengo que pensar en el futuro simplemente no lo hago con planeaciones grandes, ni con sueños locos o metas fumadas.

 

 

Soy impaciente, y veo –por supuesto que sí- las tardanzas y los “para después” como un obstáculo para vivir tranquilamente…

 

Por lo mismo, en ocasiones me siento angustiada cuando las cosas no pueden ser cumplidas en un tiempo específico, y esto lo digo porque a veces me pongo fechas límites que ni yo misma respeto. Y así… tengo estrés frecuentemente por no realizar los objetivos fijados a corto plazo.

 

Y pues aunado a todo lo que he venido mencionando, esa falta de paciencia me ha llevado a actuar, a decir y a expresar muchas cosas que no… Sé que no me deja nada bueno, eso que ni qué. Por eso yo misma ya intento calmarme mucho más. Siempre que me llega un momento de ansiedad, en lo primero que pienso es en que todo llega en su debido momento… aunque a veces ni yo misma me creo mis “pensamientos medicinales”.

“CALMA”… esa es mi palabra favorita últimamente, y aunque suene muy viajado –o divagado diría Adán- de mi parte, esta palabra, pronunciada o mentalizada bien despacito, al comienzo de cualquier contratiempo, tiene una fuerza impresionante que frena mis impulsos en muchas ocasiones.

Y la verdad es que algo que aprendí hoy es que no todo el mundo debe llevar nuestro ritmo de vida.

 

 

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